En España hay más de 800.000 personas socias de cooperativas agrarias. Hay cooperativas vinícolas en La Mancha que procesan más uva que muchos países enteros. Hay un pueblo de 8.000 habitantes en Lleida que tiene su propia cadena de supermercados, su gasolinera, su cárnica y su red de restaurantes, todo gestionado por la cooperativa local. Y hay un municipio vasco que se convirtió en referente mundial de economía social después de que cinco trabajadores y un cura decidieran fabricar cocinas en un garaje en 1956.
El cooperativismo rural en España no es una curiosidad marginal. Es, en muchos casos, el motivo por el que ciertos pueblos siguen existiendo.
Qué diferencia a un pueblo cooperativo de uno que no lo es
La economía rural española tiene dos velocidades. Hay municipios que dependen de un único empleador privado o de la administración, y cuando ese empleador cierra o el presupuesto se recorta, la sangría demográfica se acelera. Y hay municipios donde la base económica está organizada colectivamente, donde los beneficios se redistribuyen entre los socios, y donde la decisión de cerrar o trasladar una planta requiere el acuerdo de centenares o miles de familias locales.
Eso no es garantía de éxito. Hay cooperativas que han quebrado. Pero la estadística es favorable: las cooperativas de trabajo asociado en España tienen tasas de supervivencia a 5 años entre un 20% y un 30% superiores a las sociedades mercantiles equivalentes, según datos del Ministerio de Trabajo.
Mondragón (Arrasate, País Vasco): el caso extremo
Mondragón es la capital de la comarca del Alto Deba, en Gipuzkoa, con poco más de 22.000 habitantes. Tiene industria metalúrgica, universidad propia y uno de los niveles de paro más bajos de España. Todo eso gira alrededor de la Mondragón Corporación Cooperativa, fundada en 1956 por José María Arizmendiarrieta y cinco alumnos de su escuela profesional.
Hoy la corporación emplea a más de 80.000 personas, factura alrededor de 12.000 millones de euros al año y tiene presencia en más de 30 países. Eroski, la cadena de supermercados, es su marca más conocida fuera del País Vasco. Fagor Ederlan fabrica componentes para automóviles. La Universidad de Mondragón forma ingenieros y gestores que nutren el propio ecosistema cooperativo.
El dato que más importa para este artículo: la tasa de paro en Mondragón es sistemáticamente inferior al 5%, cuando la media española supera el 11%. Y el municipio ha crecido en población en los últimos 20 años, en contra de la tendencia general del interior del País Vasco.
Para quien quiera vivir en el norte de España, Mondragón ofrece algo inusual: empleo industrial estable, naturaleza (el Parque Natural de Aizkorri-Aratz está a 15 km), coste de vivienda moderado para el contexto vasco (1.800-2.400 €/m² vs 3.500-4.500 €/m² en Donostia), y una red de servicios públicos robusta. ViveDonde incluye el País Vasco entre las regiones con mejor calidad de vida de España precisamente por este tipo de combinaciones.
Guissona (Lleida): el pueblo que creció alrededor de su cooperativa
Guissona tiene 8.200 habitantes, está en la comarca de la Segarra, en el prelitoral catalán, y es conocida en el sector agroalimentario por una razón: la Cooperativa Agropecuaria de Guissona (BonÀrea), fundada en 1959.
Lo que empezó como una cooperativa de agricultores para comercializar carne de cerdo se ha convertido en un grupo empresarial con más de 3.000 trabajadores, planta de sacrificio y despiece, cadena de tiendas BonÀrea distribuidas por toda Cataluña, restaurantes de carretera y una red de gasolineras. El grupo factura alrededor de 1.000 millones de euros al año.
El efecto sobre Guissona es visible en la demografía. En 1981 el municipio tenía 3.500 habitantes. Hoy tiene 8.200. Creció porque la cooperativa genera empleo directo e indirecto, porque atrae trabajadores de otras zonas, y porque el Ayuntamiento —que tiene recursos gracias a la actividad económica— invierte en servicios. Guissona tiene piscina municipal cubierta, pabellón deportivo, centro de día, escuelas con alta demanda y transporte escolar para municipios vecinos.
En un contexto en que muchos pueblos de la Segarra llevan décadas perdiendo población, Guissona es la excepción. Y la diferencia es la cooperativa.
Pozoblanco (Córdoba): COVAP y el Valle de los Pedroches
El Valle de los Pedroches, en el norte de Córdoba, es una de las dehesas más extensas de España. Encinas, alcornoques, cerdo ibérico, ganado vacuno extensivo. Un paisaje espectacular y una economía que durante décadas dependió de la ganadería familiar con acceso limitado a mercados.
En 1959 se fundó en Pozoblanco la Cooperativa del Valle de los Pedroches (COVAP), con el objetivo de que los ganaderos pudieran comercializar colectivamente su producción. Hoy COVAP tiene más de 6.000 socios, transforma y comercializa leche, carne de vacuno y cerdo ibérico, gestiona una gasolinera y una tienda propia, y factura alrededor de 1.400 millones de euros al año.
Pozoblanco, con 18.000 habitantes, es la capital comarcal de una zona rural que ha mantenido su población mejor que otras zonas del interior andaluz. Las oficinas de COVAP, la planta de procesado y los servicios asociados a la cooperativa son el principal empleador del municipio.
Para quien busca vivir en una ciudad barata con buenas comunicaciones: Pozoblanco está a 97 km de Córdoba capital (1h10 min), tiene hospital propio (Hospital Valle de los Pedroches), instituto de secundaria y bachillerato, y un precio de vivienda de 600-900 €/m². El contexto económico cooperativo hace que los empleos locales sean más estables que en municipios del mismo tamaño dependientes de una empresa privada.
Tomelloso (Ciudad Real): la capital del vino manchego cooperativo
Tomelloso es uno de esos municipios que no parecen rurales en el sentido estereotipado del término. Con 36.000 habitantes, es la segunda ciudad de la provincia de Ciudad Real. Y es el ejemplo más claro de cómo el cooperativismo vinícola puede convertir un municipio manchego de interior en un polo económico regional.
La cooperativa más grande es Virgen de las Viñas, con más de 6.500 socios viticultores y capacidad para procesar hasta 80 millones de kilogramos de uva por campaña. Pero Tomelloso tiene varias cooperativas activas, además de industria auxiliar de destilación y exportación. La ciudad tiene paro estructuralmente inferior al de la media provincial y salarios en el sector agroindustrial por encima de la media manchega.
Para el comparador de ViveDonde, Tomelloso ofrece una combinación poco frecuente: ciudad mediana con servicios completos (hospital, universidad a 45 km en Ciudad Real), economía diversificada con base cooperativa, precio de vivienda de 700-1.000 €/m², y un entorno de llanura manchega que algunos valoran como destino de vida tranquila.
El patrón común: qué tienen en clave los pueblos cooperativos exitosos
Analizando los casos anteriores, hay varios factores que se repiten:
1. La cooperativa fue fundada antes de que la crisis demográfica fuera irreversible. Mondragón en 1956, Guissona en 1959, COVAP en 1959, Virgen de las Viñas a mediados del siglo XX. Cuando la cooperativa llega tarde, cuando el pueblo ya ha perdido masa crítica, es mucho más difícil que funcione.
2. El producto tiene valor añadido. No basta con producir materias primas. Las cooperativas que han creado empleos duraderos son las que transforman, las que tienen marca propia, las que llegan al consumidor final.
3. La cooperativa reinvierte localmente. A diferencia de una empresa con accionistas externos, las cooperativas distribuyen beneficios entre socios que viven en el municipio y que gastan localmente. Eso retroalimenta la economía del pueblo.
4. El modelo atrae a nuevos residentes. Guissona pasó de 3.500 a 8.200 habitantes porque ofreció trabajo. Mondragón mantiene población porque sus empleos industriales no se pueden externalizar fácilmente. El empleo local estable es el mejor imán para la repoblación.
¿Puede replicarse?
El modelo cooperativo no es automáticamente aplicable a cualquier pueblo. Requiere masa crítica de socios, un producto o servicio viable, y liderazgo local comprometido a largo plazo. Pero hay señales de que el interés está creciendo.
El número de nuevas cooperativas registradas en España aumentó un 8% en 2024 respecto a 2023, según el Ministerio de Trabajo. Las comunidades autónomas con programas activos de fomento cooperativo —País Vasco, Cataluña, Comunitat Valenciana, Extremadura— tienen datos mejores que la media nacional en supervivencia empresarial rural.
Y hay un fenómeno nuevo: jóvenes que regresan a municipios de origen para crear cooperativas de servicios —desde cuidados a mayores hasta servicios digitales— en pueblos donde antes no había oferta. No son el tamaño de Mondragón, pero mantienen vivos municipios de 200 o 300 habitantes que de otra forma serían candidatos a la categoría de mejores pueblos para vivir en España en teoría pero no en la práctica.
El cooperativismo no va a resolver el despoblamiento rural por sí solo. Pero en los municipios donde funciona, funciona de verdad: crea empleos que no se van, retiene a la gente joven, financia servicios públicos y, en algunos casos, invierte el flujo demográfico. Los datos lo respaldan. Los ejemplos, también.
Fuentes: Ministerio de Trabajo y Economía Social, Mondragón Corporación Cooperativa (Informe Anual 2024), COVAP (Memoria 2024), INE — Estadística del Padrón Municipal 2023.
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